Sandra Martínez Tapia Periodista Investigación en BioBioChile.

Los nombres de las víctimas han sido modificados para este artículo.
Cuando Camilo se atrevió a declarar, tenía 62 años. Se había casado dos veces, había estudiado un doctorado y se había convertido en padre. Una vida resuelta. Más o menos. Fue por orden del fiscal Xavier Armendáriz que el jueves 28 de octubre de 2021 lo citaron a través de una videollamada. Él estaba investigando los abusos al interior de la Congregación Salesiana. Y Camilo, era una víctima.
Para entonces ya habían pasado cinco décadas desde que había sido abusado por el sacerdote Alejandro Cautín Ramos. Cuando ocurrieron los hechos, Camilo tenía 13 años. Iba en séptimo básico.
—Durante mucho tiempo yo tuve un sentimiento de culpa —dijo a través de la pantalla ese día—. Como a los 56 años estuve en un tratamiento por depresión y la psicóloga que me atendió, me iluminó. Me dijo que yo no era el culpable. Hasta ese año yo sentía que era culpable por haber aceptado ese tipo de situación.
Según relató, los abusos se extendieron hasta cuarto medio. Camilo admitió que empezó como una dependencia emocional y económica: Cautín Ramos le ofreció un trabajo y él, que vivía en una mediagua y con una familia disfuncional, encontró apoyo.
—Mi casa no tenía baño, solamente un pozo séptico (…) En algún momento Alejandro me ofreció que si yo quería, podía bañarme en su habitación, la cual tenía baño privado y se encontraba en el interior del Colegio.
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Allí comenzaron los abusos. Luego, Cautín Ramos le exigió más. Y más.
Hoy, su caso es uno de los nueve que llegaron hasta la justicia para acusar que al “interior de la Congregación Salesiana se propiciaron y silenciaron abusos”. El Séptimo Juzgado Civil de Santiago les dio la razón y ordenó pagarles entre $30 y $50 millones de pesos a cada uno. Un especie de justicia que buscaron desde el año 1973.
Sin embargo, de los ocho sacerdotes acusados durante ese tiempo, solo dos tuvieron procesos canónicos y fueron expulsados. Otros tres pidieron la dispensa del celibato sacerdotal y otros tres, fallecieron.
Perder la fe
—Yo subo primero y tú después para que no te vean.
Con esa frase el sacerdote Alejandro Cautín invitaba a Camilo a su habitación. Le costó cincuenta años entender que era “una situación anómala”. Que hospedarlo en su pieza personal al interior del colegio, que tocarlo siendo menor edad o que sacarlo de clases sin ningún pretexto, no era normal.
Cuando Camilo conoció a Cautín tenía 12 años. Se inscribió en el grupo de scout del Instituto Don Bosco de Punta Arenas y el sacerdote era el jefe de grupo. Siempre notó su cercanía con los jóvenes y mucho más con él. En su momento, pensó que era por “sus carencias afectivas y económicas”.
—Me invitaba a tomar once al comedor de los religiosos de la comunidad, y en ese sentido, había una diferencia con los demás niños ya que me llevaba solo a mí. Era raro que los religiosos llevasen a alumnos al comedor, sin embargo, él lo hacía conmigo y los demás religiosos no decían nada —detalló.
Cautín también le ofreció trabajo en una imprenta de la que era jefe. Subsanó cada carencia que Camilo tuvo. Hasta le compraba las donaciones para el grupo de scout.
—Con estas acciones Alejandro se fue ganando mi confianza, conversando y acogiendo las inquietudes que uno tenía como adolescente —confesó.
Hasta ahí, Camilo solo sentía el cariño del cura sin dobles intenciones. El primer quiebre vino cuando le prestó su baño personal ubicado al interior del mismo instituto.
—Comenzó a tocarme con caricias impropias cuando yo acepté ir.
Lo masturbó.
En un inicio, solo cuando usaba el baño para ducharse. Con el tiempo lo hizo al interior de la imprenta o en los talleres de clases. “Él siempre buscaba las oportunidades”, lamentó Camilo.
Después vinieron las violaciones.
Demonio al acecho
Cuando los abusos comenzaron Camilo vivía con su abuela en una mediagua. Poco y nada la veía porque trabaja todo el día. Con su papá no tenía mucha relación: era agresivo, alcohólico y no compartían temas de conversación.
Nunca le contó a nadie lo que estaba viviendo. Temía que sus compañeros se enteraran y no le creyeran. O para peor, lo cuestionaran.
—Los abusos no era algo que se ventilara públicamente. Eran otros tiempos. En esa época hablar de algo así era casi ser un demonio.
Cuando quiso ponerle fin cursaba cuarto medio. Cautín lo amenazó. Le advirtió que si no “aceptaba sus requerimientos” él le dejaría de dar trabajo. Los documentos judiciales afirman que aplicó chantaje emocional, económico y académico.
—Alejandro igual era asesor, entonces él directa o indirectamente me tenía vigilado constantemente. Hacía ver siempre que él tenía un dominio sobre mi persona; emocional, económico, académico, de tal manera que yo no pudiese alejarme de él —reconoció.
Solo cuando salió del Colegio Salesiano lo dejó de ver. Interpuso una demanda inicial en el sistema judicial antiguo. Nunca avanzó.
Hasta ahora.
Desprotección eclesiástica
Documentos judiciales a los que accedió Bío Bío Investiga demuestran que el sacerdote que abusó de Camilo, Alejandro Cautín Ramos, fue parte de una “organización” dedicada a cometer abusos sexuales contra menores de edad al interior de la Congregación Salesiana.
Según la sentencia emitida recientemente por el Séptimo Juzgado Civil de Santiago —y a la que accedió Bío Bío Investiga—, entre los años 1973 y 2009 se cometieron distintos ultrajes al interior de los colegios. La gravedad de los casos —además de los sacerdotes que cometían los abusos— recaía en que las autoridades de las instituciones sabían y preferían quedarse callados. Por eso que se les condenó, por “propiciar y silenciar abusos”.
—Los sacerdotes abusadores nunca perdieron contacto con niños, sino que solamente fueron trasladados de ubicación. Los sacerdotes que recibieron reclamos nunca reportaron a las autoridades eclesiásticas ni estatales para esclarecer los hechos y se intentó otorgar compensaciones económicas para mantener silenciadas las conductas abusivas —se lee en el fallo.
Bajo esta premisa, sostienen, la “relación sacerdote-feligrés estuvo marcada por una importante asimetría de poder”.
En otra palabras, era la iglesia y los religiosos quienes debían cuidar y proteger a los menores que participaban de su congregación.
Si bien la denuncia fue interpuesta por nueve víctimas, cuando se entrevistó a testigos durante la investigación, éstos también revelaron situaciones particulares con algunos sacerdotes. Sólo en casos muy puntuales los alumnos lograron frenar los acosos. En la mayoría, no se atrevían a contrariarlos.
Un testimonio de un testigo va así:
“En 1986, cuando yo estaba en tercero medio, recuerdo que en una ocasión se me rompió el pantalón mientras jugaba fútbol. El cura se me acercó y me llevó a su oficina porque me dijo que me lo iba a arreglar. Mientras estábamos en su oficina me dijo que no tenía hilo y aguja así que me lo iba a corchetear y después yo me lo arreglaba. Recuerdo que él se agachó y me preguntó si yo me masturbaba, le contesté que sí (…) Me dijo bájate los calzoncillos (…) Esta fue la única ocasión en la cual el cura me tocó. Creo que no siguió insistiendo porque se dio cuenta de mi molestia”.
